El Cántico de Sygnus

20 agosto, 2010

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Introducción

“Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras”.

Verso XII, capítulo XX

Libro de las Revelaciones del vidente de Patmos.

“Roguemos que la raza humana nunca escape de la Tierra y esparza su iniquidad por todas partes”.

C. S. Lewis

CAPITULO 1

En el principio de los tiempos. – Una extraña y tormentosa sombra indefinible e invisible se cernió sobre el hermoso huerto. Hasta el resplandor del sol se tornó diferente. Alumbraba mas no daba calor.

El primer hombre creado bajó la cabeza y clavó su borrosa y húmeda mirada en la fresca tierra, mientras en sus oídos resonaba aún la fatídica sentencia.

Intuyó que había perdido algo más que un gran Amigo, y las buenas intenciones que éste tenía hacia él y su mujer. Algo que trastornaría la creación y afectaría a sus generaciones por siempre, hasta que alguien solucionara aquel terrible problema… con un remedio comprado quién sabe a qué costoso precio.

Una cálida lágrima seguida de otra empezó a correr por sus juveniles mejillas. Rápidamente el día se tornó aun más frío, triste y gris.

A su alrededor quedaban cientos de cosas por hacer y unas cuantas decenas por terminar: Animales que aún no recibían sus nombres y otros con los suyos recién estrenados. Unos cuantos más a punto de parir. Terrenos recién cultivados, frutos por recoger, graneros que construir para guardar las cosechas, tierras vírgenes por conquistar, la ampliación de su casa… Tal vez dedicar más tiempo a su mujer… y conocerla en la totalidad de su integridad.

De reojo miró a su esposa quien tenía los brazos cruzados en su espalda, a la altura de su cintura, como un reo, también con la cabeza inclinada, quizás tratando de ocultarse con su vista más abajo del suelo, y a sus pies, la tierra de aquel enorme huerto también recibía copiosas, tibias y cristalinas gotas, pero no de lluvia caída del cielo.

Un poco más allá les miraban los animales que habían alcanzado a domesticar.

El caballo relinchó y golpeó el suelo con sus cascos, invitando de nuevo al hombre a trotar y pasear por el espléndido huerto. El gato cruzó caminando en medio de ambos con su cola en alto. Y mientras frotaba su peludo cuerpo contra las piernas del hombre, levantó su elástico espinazo para recibir alguna caricia al tiempo que ronroneaba. El perro se paró frente a ellos jadeando, con la lengua afuera. Moviendo la cola de izquierda a derecha y con sus orejas hacia delante, miró hacia arriba emitiendo un par de ladridos, esperando alguna reacción de sus amos. Nada de eso ocurrió. A lo lejos, un león hizo notar su presencia con un potente rugido que, de seguro helaría la sangre incluso al hombre más fuerte… con astucia y lentitud una serpiente se arrastró para esconderse en medio de los matorrales, como si anhelara que nadie se percatará de su presencia.

El águila, posada en la rama más alta de un cercano roble, nerviosa, movía su cabeza mientras escudriñaba hacia abajo aquella escena que se presentaba ante sus ojos.

El primer hombre y la primera mujer estaban petrificados, inmóviles como piedra. A las aves y animales les resultaba extraño el comportamiento de los humanos. Quizás nunca entenderían que también habían sido involucrados en un problema que ahora les acarrearía dolorosas consecuencias.

Y estaban de pie ante uno que era superior a todo lo que habían conocido. Elohim, el Dueño del huerto.

– ¡La mujer que Tú me has dado…! – No eran las únicas pero si las primeras palabras acusatorias e incriminatorias declaradas por un ser humano que quedaban registradas en algún lugar del universo para un lejano día. El del juicio final. Y estaban dirigidas con alevosía contra Elohim. Éste ignoró la acusación. No era la primera que recibía. Antes de crear las demás cosas ya había recibido otra más fuerte. Lucero, la primera creación, el hijo de la mañana, le había acusado de crear leyes y someter a sus criaturas a ellas pero que Él mismo, no era capaz de hacerlo. La creación tendría que encargarse de confirmar esta acusación o de desagraviar el honor del Señor del huerto. Pero si solamente un hombre hubiere proclamado algo diferente, con una frase en toda la historia humana, ya por este sólo hecho la acusación del hijo del alba sería cuestionada y el honor del acusado comenzaría lentamente a ser reivindicado.

El Dueño extendió sus brazos y recibió de manos de su albo e inmaculado ayudante las pieles de animal convertidas en toscas prendas de vestir. Estaban limpias y en condiciones de ser usadas. Se arrodilló. Pareció como si pasara por alto aquella directa acusación que lo sindicaba como el iniciador e incitador de aquel delito recién cometido. Una de sus rodillas tocó el suelo.

El hombre alzó sus brazos, pero no la vista, como un niño que ha sido sorprendido en algo que sabe que no es correcto, e inevitablemente intuye que, tarde o temprano se enfrentará a unos ojos más maduros y con autoridad que le mostrarán sus consecuencias. Con suavidad y ternura, como cuando un padre viste a su hijo, aquellas bondadosas manos que antes habían embellecido la Tierra, ahora calzaron el traje de piel al cuerpo del hombre comenzando desde su cabeza. Lo mismo sucedió con la mujer.

Esos vestidos nuevos eran un acto de expiación.

Pero para que ellos pudieran vestirse así, dos inocentes animales habían muerto antes para cubrir a dos culpables pecadores. Esa sería la forma en que el hombre, de ahora en adelante, tendría que acercarse y presentarse ante el Señor del huerto.

Entre el Inmortal y el pecador, en medio, el sacrificio de un inocente.

Los restos de los animales descansaban en el suelo unos metros más allá. La muerte ya había dejado sentir su olor y presencia sobre la tierra, las cuales se extenderían hasta los confines de la historia. Dos rudimentarios delantales confeccionados con hojas de higuera, ahora esparcidos por el suelo y que lentamente eran empujados con vergüenza y en silencio por el viento, eran testigos de esto.

También los ángeles. También el cielo.

Y las tinieblas contabilizaban al haber una batalla ganada en la reciente creación.

Elohim se puso de pie en medio de ellos, cogió sus manos y les guió a los límites de aquel huerto. De nuevo, junto a la puerta de salida, se arrodilló frente al hombre y la mujer. Tomó entre sus suaves dedos el mentón de ambos y posó un cálido beso en sus frentes, mientras sus tristes caritas que le miraban reflejaban una profunda e indecible angustia. Les estrechó en un largo abrazo a ambos, mientras la pareja escuchaba sus instrucciones finales.

No salían sin esperanza ni a tinieblas exteriores. Se llevaban también consigo dos promesas: la promesa de un redentor y la seguridad de la derrota final del enemigo que les había engañado; un deber: la institución divina de guardar un día de la semana para adorar; y un resguardo emocional poderoso: el lazo del matrimonio con el cual iban a estar unidos en familia para poder multiplicarse y dominar la tierra.

Los planes cambiaban por completo para el hombre, mas no para el Dueño del huerto, pues los acontecimientos seguían el curso que El ya había determinado desde antes. Por el momento aceptaba este traspié como parte de su creación, pero por poco tiempo.

Y al final del tiempo, de las edades y del espacio, al final de la historia del hombre, en la remota distancia de la vida, una pequeña luz comenzaba a brillar. Luz que nadie podría apagar.

El cielo ya estaba en movimiento.

El hombre y la mujer caminaron con lentitud, como si sus pisadas les pesaran, alejándose cada vez más del que fuera su antiguo hogar, mientras una procesión sin fin de animales y aves les seguía… Abrigaron la esperanza de escuchar a sus espaldas una voz que les dijera que volvieran y que nada había pasado. Pero la desobediencia trae sus consecuencias y debían ser pagadas. Sabían que ya no eran aptos para aquel lugar. Volver a él en las circunstancias en que se encontraban ahora hubiera sido un infierno para ellos.

Una santa, dulce y tierna mirada les acompañó hasta que cruzaron el puente sobre el gran río unos cientos de metros más allá. No había frustración, derrota ni decepción en esa mirada, mas sí mucho amor.

Él y ella voltearon sus cabezas para mirar por última vez a Elohim.

Lo único que alcanzaron divisar a lo lejos fue una enorme espada de fuego que se revolvía de un lado a otro en las fuertes manos de un poderoso y albo ayudante cuidando de que ningún mortal entrará una vez más al Paraíso hasta que alguien abriera nuevamente la puerta, hasta que alguien solucionará el problema que ahora traería nefastas consecuencias para la creación divina: La completa rebelión de la creación toda contra Elohim, el Señor del huerto.

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Año 33 d.C. – El viejo general romano a cargo de la compañía de legionarios apostada en las afueras de Jerusalén cabalgó presuroso hasta la cima del pequeño montículo ubicado enfrente de donde el joven y extraño rabino hablaba y exhortaba, como quien tiene autoridad, a las masas de gente que iban tras él. Le veía como un padre que se dirige a sus hijos. Quienes le seguían veían en él a uno de los esperados profetas de la historia judía.

El soldado tenía orden absoluta de seguir sus pasos y vigilarle. Roma no quería más disturbios dentro de las fronteras de su imperio.

De tiempo en tiempo se levantaban en aquella región de Judea hombres que, proclamando ser enviados de Dios, alzaban al pueblo en desobediencia en contra de la dominación y las leyes del águila imperial. Sabía que ese tipo de líderes religiosos era incluso aun más peligroso que cualquier líder militar. Había disuelto infinidad de veces, haciendo uso de la autoridad y fuerza que respaldaba el senado romano, las frecuentes revueltas de grupos sediciosos judíos y en más de alguna oportunidad su espada se había teñido de rojo. Conocía muy bien el carácter, las técnicas y el comportamiento de aquellos grupos extremistas.

Pero este hombre parado sobre la cima de la pequeña colina del frente rodeado por aquella gran cantidad de gente que parecía una inmensa manada de ovejas tendidas al sol escuchándole, era diferente a los demás. No se comportaba de manera evasiva ni ostentaba arrogancia, era amable y su estilo de vida respaldaba su palabra. Vivía lo que hablaba. No era como los aborrecibles fariseos prepotentes y racistas a quienes el general odiaba con toda su alma. Este rabino era transparente en su forma de actuar y parecía que no tenía nada que esconder. Gozaba de las cosas simples que le podía ofrecer cualquier lugar por donde caminara y cumplía las leyes romanas. En varias ocasiones le había visto reír de alegría y deleite, abrazado a personas que se sentían comprendidos y aceptadas por El. Era humilde de procedencia y aun así marcaba una abismal diferencia con los hipócritas religiosos judíos.

Su mensaje no hablaba de violencia pero tampoco de claudicaciones. Se comparaba a sí mismo con objetos comunes en la vida diaria de sus seguidores. El pan, una roca, la luz, una puerta, el camino, el agua, un pastor. En más de alguna ocasión se había comparado a sí mismo con el Dios de los judíos y por esto lo religiosos le odiaban y le acusaban de blasfemo.

A veces le parecía que su forma de vida era excéntrica en extremo. Podía estar comiendo mantequilla y miel silvestre y tomando agua de los manantiales en el desierto como en unas cuantas horas después sentado en la mesa del más rico de los hombres de la ciudad comiendo exóticas exquisiteces y bebiendo el mejor de los vinos del mundo antiguo. O bailando en una boda, dando sus ofrendas en el templo y pagando sus impuestos al Estado romano. Recitando en la sinagoga la ley de Moisés que hablaba de santidad, separación y pureza y a la salida perdonando a la más aborrecible de las pecadoras. Desafiando abiertamente las leyes impuestas por la religión y compartiendo su pan eterno con una hambrienta samaritana desechada y despreciada por todos.

O simplemente parado en medio del poderoso torrente del río de las opiniones y tradiciones humanas, haciendo uso de la más alta libertad de conciencia existente, pero siempre apuntando hacia un lugar más alto.

Aparecía y desaparecía, se movía de aquí para allá y volvía otra vez sobre sus pasos como el general que revista sus planes y sus tropas antes de lanzar el ataque final. Hablaba en enigmas y cazaba a los sabios en sus propias palabras. Era como si adivinara lo que los demás pensaban de él.

Parecía más un peligro para los líderes religiosos judíos, pero no para Roma.

El viejo general romano le conocía sólo de vista. En alguna ocasión él mismo le había obligado a caminar cargando sus enseres de guerra la milla obligatoria que exigía la ley romana, pero el joven rabino había caminado una milla más y después despedirse del soldado deseándole la bendición del Dios de los hebreos sobre él y su familia.

No poseía el refinamiento de Séneca ni la erudición de Platón pero superaba con creces a ambos y muchos más. De seguro éstos habrían dado todo lo que tenían con tal de sentarse a sus pies y escucharle hablar.

Para los romanos era importante su Senado y su forum desde los cuales daban a conocer y declamaban sus brillantes ideas. Pero este hombre usaba cualquier medio posible para dar a conocer su verdad. Una barca, sentado sobre una roca, la casa de un traidor a la causa judía, la cima de una montaña, un funeral, el templo, una boda o una simple caminata bajo los frondosos olivos del huerto de Getsemaní…

-¿Tenemos alguna novedad? – La voz de su ayudante, un joven e inexperto oficial quien recién se incorporaba al lugar en su cabalgadura, sacó de sus cavilaciones al viejo general. Ambos contemplaron desde allí arriba la escena que se presentaba ante sus ojos. Podían escuchar constantes gritos de júbilo y expresiones de desbordada alegría de personas que eran sanadas o de almas que eran libertadas de las oscuras fuerzas del mal. De cuando en cuando un silencio absoluto reinaba en el lugar cuando el rabino hablaba.

– Si continúa por esa senda, un día este hombre estará mejor protegido que el mismísimo César e incluso moverá más ejércitos que Alejandro Magno – el viejo meditó en voz alta.

– ¡Ese hombre es un demente o un loco! – replicó el joven en tono de desprecio. El general miró de reojo a su ayudante y le sorprendió la osadía con la cual hablaba.

– Un hombre demente y loco no pronuncia conceptos tan elevados ni hace cosas tan milagrosas como éste..

– ¡Bah!, en nada es diferente a los otros judíos sediciosos que hemos rematado. Sólo que éste respalda su mensaje con milagros realizados con magia o alguna otra cosa desconocida.

– En mi larga carrera militar al servicio del César, he escuchado a muchos hombres hablar. Aquí en Jerusalén, en Hispania, Las Galias o Roma, pero jamás escuché algo igual a lo que éste habla.

– ¡Es sólo un charlatán que sólo desea sacar provecho de la gente con su palabrería!

– Un hombre que habla de sí mismo y que defiende sus ambiciones, tarde o temprano sucumbirá a lo que hay dentro de él. Pero este judío habla de algo más allá. Algo que está fuera de él, pero que también es parte de él.

– ¿Y qué le llama la atención de las palabras de este súbdito del poder romano? – El neófito oficial dijo estas palabras con el orgullo propio de quien pertenece al lado vencedor.

– Le he escuchado hablar de un reino que viene desde el cielo con poder y potencia…

– ¿Y usted cree eso general?

– ¡No lo sé! Pero cada vez que habla, escucho dentro de lo más profundo de mi corazón otra voz, el llamado de alguien que me invita a volver al hogar.

– ¿A Roma?

– ¡No! Es otro hogar. Quizás el único y definitivo que exista – Sorprendido, el viejo quedó con la mirada suspendida en el aire – si es que existe – agregó. Descubrió que había dicho algo profundo que jamás antes había cruzado por su mente.

– ¿Y si ese reino viene desde el cielo, acaso osaría en estos momentos levantarse contra el poderoso puño de hierro de nuestro imperio y la bravura de sus generales? – el impetuoso y novato oficial se sentía desafiado con las palabras del viejo y sabio militar.

– Tampoco lo sé, joven romano. Pero si lo que ese hombre dice es verdad, entonces te puedo asegurar dos cosas: Si ese reino viene desde arriba entonces es eterno y poderosísimo, pues viene de la morada donde habitan los dioses y hasta el mismísimo César un día tendrá que arrodillarse y arrojar su corona a los pies del rey que descienda desde los cielos.

– Y en segundo lugar – el general tomó fuerte las bridas de su caballo y lo enfiló cuesta abajo, para alcanzar la columna de lanceros que marchaba rápido a una distancia de medio estadio más allá al compás de un tambor de guerra – ese rabino no es un demente ni es un loco.

-¿Y qué es entonces? – El otro siguió con su cabalgadura el ejemplo del más antiguo.

– Probablemente sea el rey de aquel reino…

– ¡Qué! ¿Un Dios convertido en ser humano? – masculló el joven soldado.

La respuesta quedó suspendida en el aire y apagada por el rápido galopar de los caballos.

-¡Porque por tus palabras se te absolverá, y por tus palabras se te condenará! – el viento llevó hasta los oídos de los oficiales romanos el eco de las palabras del rabino Yeshúa, mientras cabalgaban levantando polvaredas hasta ponerse a la cabeza de sus tropas que marchaban en dirección a la fortaleza Antonia, al norte del templo de Jerusalén.

 

CAPITULO 2

                        02 de Marzo de 1972.  El potente y espontáneo rugir de los motores del cohete Atlas-Centauro hizo vibrar la tierra en varios cientos de metros a la redonda. Como si un gran dragón de acero rugiera para demostrar su poderío y reclamar aquel territorio para sí. Los ingentes borbotones de humo y vapor lanzados al aire opacaron el limpio cielo de aquel sector de Florida. Un gran haz de luz iluminó el sector y la imponente ráfaga de claridad resultante invadió la distancia de los campos aledaños como el sol al medio día. Pioneer 10, la sonda espacial creada para explorar los gigantes del sistema solar, Júpiter y Saturno, partía a ese encuentro estelar montada en un cohete de tres etapas que la puso en la senda espacial a más de 51.850 kilómetros por hora.

¡La máquina más veloz fabricada por el hombre! titularían después con extrema soberbia los periódicos más importantes del mundo.

Uno de sus objetivos era contactar con posible vida extraterrestre. Quizás el primer intento serio por hacer algo así. Pero también llevaba en sus entrañas metálicas un extraño y simbólico mensaje informando, si es que encontraba alguna civilización inteligente en el espacio, de su procedencia.

– Esta placa de oro contiene toda la información necesaria con respecto a nosotros como humanidad. Nuestra apariencia como seres humanos, la fecha del comienzo de la misión Pioneer y nuestra dirección en el universo – de esta manera explicaba semanas antes a la prensa la utilidad de aquella placa adosada a la sonda espacial, un entusiasmado Carl Sagan, el científico que había diseñado el dorado mensaje interestelar.

– ¿Significa que si alguna raza espacial más avanzada descubre esta nave y decide aniquilarnos… no le será difícil dar con nosotros? – la gran cantidad de periodistas reunidos en la sala de prensa de la NASA rió con estrépito ante aquella pregunta formulada por alguien con un claro acento ruso, pero Sagan la tomó en serio.

– En el fondo es como un mensaje en una botella. Sólo que éste será lanzado al impredecible mar del cosmos y esperamos que algún día llegué a la playa estelar de alguna inteligencia extraterrestre. Y nuestro deseo es que quienes la encuentren sepan leer – rió ante su propia pequeña broma – en otras palabras, que entiendan el mensaje.

– ¿Cuánto tiempo durará la misión? – preguntó un apresurado periodista británico.

– Ha sido diseñada para durar 21 meses y creemos que arribará a lugares donde nunca ha llegado algún otro artefacto creado por el hombre – respondió con pausa el científico.

– ¿Qué otras misiones debe cumplir en su trayectoria espacial? – la nueva pregunta saltó desde el fondo de la sala.

– Bueno, observar Júpiter y su composición, explorar los exteriores del sistema solar, el viento solar…¡Ah! y estudiar los rayos cósmicos que atraviesan el sector donde nos encontramos ubicados en la vía láctea – Carl Sagan miró de reojo a Frank Drake, el otro científico que había colaborado en el diseño de la placa de oro, para que este siguiera respondiendo las nuevas preguntas, si éstas se llegasen a formular. Y no se equivocó.

– ¿Qué tipo de civilización esperan que podría interpretar este mensaje? – quien hizo la pregunta era una bella periodista que hacía bastante rato tenía su mano levantada en alto. Su inglés con fuerte acento madrileño delató su procedencia. Tuvo suerte. Sólo se aceptarían cinco preguntas y la suya era la última.

– Alguna que fuera muy desarrollada y con avanzados conocimientos de los púlsares. Si miran atentamente a la izquierda de la placa – Drake se dirigió al dibujo–mensaje cósmico pintado en una blanca pizarra ubicada al costado del podio de conferencias – hay un haz de líneas que parten radialmente de un mismo punto. El punto es nuestro planeta y las líneas indican la dirección de los púlsares más cercanos a nuestro sistema solar. Si se fijan bien, en sistema de numeración binario, está registrada  la secuencia de pulsos de cada uno de ellos. Y en la parte inferior encontramos una representación del sistema solar, con los planetas en orden según su distancia del sol y la ruta inicial que seguirá la Pioneer 10. Ella será nuestra voz, la mensajera del hombre en el oscuro e  infinito espacio interestelar…  – sentenció el científico con un dejo de melancolía y esperanza. Con su aguda mirada indicó al interlocutor que dirigía la rueda de prensa que ésta ya tocaba a su fin. Porque sabían que pronto, una de las más importantes y ambiciosas exploraciones científicas en busca de vida fuera de la tierra comenzaría desde Cabo Cañaveral.

Con el potentísimo rugir de los motores del cohete Atlas – Centauro.

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La ocasión ameritaba aquella gran solemnidad y elegancia.

Entre besos en la mejilla y en la palma de las manos femeninas, acreditando así una refinada y exquisita galantería, los hombres de frac iban y venían por el salón con sus brillantes trajes negros los cuales dejaban en el aire su aroma de reciente fabricación, el cual inundaba la enorme y antigua mansión de fines del siglo XVIII recargada de años de glamour y clase. Poco a poco se fueron ubicando en el centro del amplio recinto para escuchar el discurso del hombre más poderoso del planeta.

– …Por lo tanto, es tiempo de que miremos el futuro con esperanza y optimismo. Nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos nos mirarán el día de mañana con orgullo, sabiendo que pertenecen a una raza que en los momentos más difíciles y con pocas o casi ninguna opción a favor, supo tomar decisiones correctas para que ellos heredarán lo mejor que podíamos darles. Y siempre ha sido y siempre será así. Señoras, señores…hoy damos otro gran salto en el porvenir de nuestra evolución como criaturas de este vasto universo. Hace 35 años atrás lanzamos al espacio a la nave Pioneer 10, en busca de seres de otros mundos llevando un corto y simple mensaje de los hombres que habitamos un diminuto planeta ubicado, quizás, en el rincón más alejado del universo. Y hoy todas las naciones de la tierra como un solo hombre invitamos al mañana de la humanidad. Cuando unidos a otras civilizaciones del cosmos compartamos los más nobles ideales que siempre nos han sostenido y juntos construyamos una paz universal y duradera. ¡Salud por la raza humana!.

La última parte del discurso del presidente americano levantó una ovación espontánea al tiempo que decenas de manos con copas de champaña se elevaban al cielo y  resecas gargantas señoriales rugían respondiendo con otro ¡salud!.

La fiesta era de un nivel extraordinario y también reunía en su entorno a lo más selecto de la sociedad americana. Poseía el sello de lo temporal, el brillo de lo superficial. Todo era sonrisas y felicitaciones. De cuando en cuando alguien se congratulaba a sí mismo por el logro de lo que en esos momentos se celebraba.

Las lentejuelas y pliegues lustrosos de los vestidos de las socialités devolvían el resplandor de las lámparas confeccionadas con cristal simulando gotas de agua que caían como lluvia y que con discreción colgaban del techo de la enorme mansión. Intentaban infructuosamente con la luz que irradiaban no ser opacadas por el brillo de todas aquellas celebridades reunidas allí.

Los presidentes de la república, el vigente y los que habían pasado a retiro con una suculenta jubilación, políticos, científicos, militares y representantes de otros países, componían el grueso de aquella concurrida y refinada tertulia. Las bandejas con copas de fino champaña y de bocadillos rellenos de extraños compuestos iban y volvían vacías en medio de un idioma inglés generalizado que repujaba la atmósfera del lugar.

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